ConclusionesVer Conclusiones Finales / 2001. Formato PDF (40Kb)| Lo Inexplorado del Tema
| Lo Inexplorado del TemaAl finalizar esta investigación queda claro que la concepción de un discurso urbanístico sobre ciudad y tecnologías de información y comunicación es una tarea que se encuentra en pleno proceso de construcción. Las teorías que hablan de la ciudad virtual o de la ciudad de los bits, para explicar una nueva espacialidad urbana ausente de toda mediación física, deben ser estudiadas más a profundidad, interpretadas y adaptadas a la realidad de los países en vía de desarrollo con el fin de dimensionar realmente los retos que ellas implican al urbanismo. Por el momento, la idea del "urbanismo virtual" -aquél que tiene por reto intervenir más las apariencias de la realidad (simulacro) que el hecho físico en sí- debe asumirse con reservas debido a que no es muy claro cuáles son exactamente las reacciones espaciales de la ciudad ante una intervención que involucre a las TICs. Se sabe que muchas actividades de la ciudad actual, la desarrollada y la subdesarrollada, están mediadas por las herramientas informáticas. Se sabe también que si éstas fallaran habría una especie de caos organizativo en la administración pública, pero lo que no se entiende muy bien es cómo las redes pueden generar otra morfología, por lo menos en los términos que hasta el momento se ha entendido el tema. Al respecto, es común encontrar en el discurso urbano referencias al tema morfológico, entendiéndolo exclusivamente como una cuestión física y si se quiere "graficable" o "dibujable" en términos de planos. Pero al mismo tiempo, un discurso como el castelliano es un desafío a las formas de representación más tradicionales. En él pueden encontrarse ejemplos de "ilustración" de flujos de una región determinada, como es el caso de XXX en China. Estos flujos se refieren a movimientos no solo humanos sino de información; lo cual hace evidente que detrás todo esfuerzo de representación del espacio de las TICs hay un problema epistemológico: ¿pueden graficarse en un plano las miles de interacciones informativas de los ciudadanos?, ¿pueden además seleccionarse cuáles de esas interacciones suplantan en realidad actividades físicas que tradicionalmente se han realizado empleando el espacio de las calles, las plazas y los edificios?. Paradójicamente, esta tesis empleó un proceso de espacialización convencional basado en Sistemas de Información Geográfica. Los resultados acercan al urbanista a un conocimiento más detallado sobre la ubicación de unos puntos de consumo de Internet distribuidos en el territorio del Distrito Capital; conocimiento que puede ser tan referencial como el de saber la ubicación de las líneas de alta tensión de la energía o las redes de alcantarillado. La diferencia radica en que el proceso ocurrido en cada punto de Internet es tan desconocido, que es muy difícil describir cuáles son los intercambios exactos que allí suceden. Entonces, para abordar la investigación de la Ciudad y las TICs, pueden identificarse dos tipos de concepción morfológica que a su vez obedecen a la división entre ciudad física y ciudad virtual: La primera se refiere a que la nueva forma de la ciudad contemporánea es de carácter policéntrico, en contraste con aquella visión canónica de la ciudad segregada y ordenada en torno a un solo centro. Sin embargo, esta concepción de varios centros dispersos por la ciudad no es respuesta directa y evidente al impacto de las TICs. Ya desde mediados de los 70 se hablaba de los nuevos centros que se activaban gracias al uso del automóvil y otras formas de comunicación. La segunda se involucra con el tema de las ciudades digitales, es decir con aquellos espacios de Internet diseñados para que ocurra una suplantación directa del espacio físico de manera que la actividad humana ocurra en un no lugar o espacio virtual. Pero este tipo de morfología, si así le puede llamar, tampoco es satisfactoria ya que su incidencia es bastante baja: es claro que la ciudad no desaparecerá. Entonces se plantea una especie de mezcla entre actividades físicas y no físicas que ocurren simultáneamente en la ciudad y que el habitante las asume tratando de acomodarse diariamente a ellas; de esta forma evita que una de las bases del urbanismo, la predicción de la movilidad, sea una tarea fácil. En este sentido, habría que rastrear tanto manifestaciones físicas como virtuales en la ciudad. En el primer caso se estaría hablando de encontrar en la periferia territorios autosuficientes, basados en la comunicación virtual, que sean testimonio de una independencia con respecto al centro tradicionalmente reconocido. En el segundo caso, se estaría hablando de identificar comunidades virtuales que se aglomeran y existen solo en el espacio de la red, y que gracias a su comunicación virtual alcanzan formas organizativas que tienen repercusión sobre las decisiones políticas de la ciudad. Esta investigación se dejó guiar más por el primer tipo de manifestación para tratar de identificar territorios autosuficientes en las periferias. Sin embargo, la evidencia de los planos logrados certifica que los usuarios de Internet en Bogotá están ubicados en sitios tradicionalmente centrales, o en lo que se conoce como el Distrito Central de Negocios (DCN), respondiendo a una tendencia histórica de la ciudad, cuya estructura es compacta y centralizada con base en el eje de la carrera 7 hacia el norte y las zonas institucionales como la Plaza de Bolívar y el CAN. A pesar de ello, desde la concentración de usuarios de Internet surgieron otras evidencias interesantes en términos de estructura:
En términos generales, el ejercicio de espacialización
de los puntos de consumo de Internet en Bogotá sirvió para
tener una idea más cercana de la red, y descubrir que si bien sus
manifestaciones físicas en la ciudad son difíciles de rastrear,
el impacto sobre formas organizativas de los ciudadanos, ya sea en una
actividad política, económica o de planeación, tiende
sus primeros interrogantes a quienes pretenden ordenar la ciudad.
Estructura Urbana y Límites en BogotáUna de las preocupaciones de los urbanistas contemporáneos es conocer qué va a suceder con los límites de la ciudad, o cuál es la forma de la ciudad según los acontecimientos contemporáneos. Teniendo en cuenta que las TICs pueden incidir en deslocalizar actividades hacia otros centros diferentes a los tradicionales, se pensaba que esto podría anular por completo los límites y dejarlos en un segundo plano desde el punto de vista morfológico. Pero esta apreciación depende de la ciudad de que se esté hablando. En Bogotá, particularmente, la tendencia centralizada de su estructura sigue pesando en términos de los consumidores de la red y también de su oferta. Los puntos identificados de acceso a al red están ubicados en su mayoría dentro de áreas de centralidad, principalmente dentro de lo que se conoce como la ciudad central, visibilizando un poco más la función del perímetro urbano: fuera de él fue difícil encontrar una concentración significativa de usuarios de Internet o una oferta importante de sitios públicos que presten dicho servicio. Esto también ratifica la importancia aún de la contigüidad espacial en el Distrito Capital, condición que va a ser muy difícil de cambiar con la simple aparición de Internet. Si los puntos de acceso se concentran en sitios centrales es de suponer
que quienes los frecuentan son los que más transitan la ciudad
central, es decir, quienes probablemente viven en ella o trabajan en ella.
En este sentido, no estaría ocurriendo ningún desplazamiento
físico significativo en la capital; la información que tradicionalmente
absorbe el ciudadano en la ciudad física simplemente es ratificada
en la red, mientras que la idea de dispersión o de acceso por parte
de usuarios de las periferias quedaría en entredicho. Aparte de
los conflictos de confianza que genera una relación descorporizada
a través de la red, parece que la cercanía y la continuidad
geográfica son elementos arraigados en Bogotá. Pero en Bogotá tampoco sería fácil inducir redensificaciones con base en la supuesta atracción de las TICs. Primero porque la ciudad no tiene muy arraigada la cultura de la conexión virtual, y segundo porque el uso de TICs requiere de espacios realmente extensos para dejar ver su impacto en territorios autosuficientes. El segundo requerimiento no es una característica del Distrito Capital: la reciente disputa entre Administración y Ministerio del Medio Ambiente por la expansión de la ciudad confirma la escasez en la oferta de suelo. En cambio, lo que parece confirmarse es el hecho de que las TICs aprovecharían las altas densidades de los estratos más bajos para generar en torno suyo actividades comunitarias o proyectos políticos de corte comunal. Ya se ha explicado suficientemente cómo la experiencia de las UIB demuestran este hecho. Relaciones CulturalesEn cuanto a las relaciones culturales que se establecen a partir de la red, puede decirse que empiezan a identificarse algunas tendencias llamativas. El consumo de Internet tiende a ser más fragmentado en la ciudad norte y más comunal en la ciudad sur. Aunque los cafés Internet son locaciones de carácter público, su distribución favorece notablemente a la ciudad central y su expansión sobre el eje de la carrera 7 proporciona más oportunidades para el tejido residencial norte. Esto hace que el consumo tecnológico sea más individual en los estratos altos -la cantidad de usuarios así lo confirma- y más colectiva en los bajos: la escasez de la infraestructura motiva a la gente a vincularse en torno a proyectos especiales. Pero los soportes a esta hipótesis no paran allí. Al relacionar la distribución de los equipamientos culturales con la nube de usuarios de Internet -tanto individuales como en cafés- se encuentra la proliferación de salones comunales en la ciudad sur y la baja densidad de ellos en la ciudad norte. Al parecer la ausencia de consumo de Internet en la ciudad sur es reemplazada por la oferta cultural de los salones comunitarios, lo cual confirma la importancia de la organización comunal en esta zona de la ciudad, y por ende las ventajas para penetrar tecnológicamente con experiencias como las de las Unidades de Información Barrial (UIB). Las UIB empezaron a trabajar con anterioridad a la explosión comercial de Internet en Bogotá, demostrando que hay experiencias de apropiación comunal que apenas se consideran como manifestaciones urbanas, y que se visibilizaron a partir de la aparición legal de proveedores de servicio de Internet. Esto confirma que la red también es susceptible del desarrollo informal, trayendo consigo experiencias de organización comunitaria y contradiciendo el ataque frontal contra la informalidad que contiene el Estudio Monitor de competitividad financiado por la Cámara de Comercio de Bogotá. A este respecto, vale la pena reflexionar sobre los diferentes significados con que se interpreta el concepto de conectividad. En el Estudio Monitor se enuncia como algo perteneciente únicamente a las empresas multinacionales: las condiciones para que una multinacional se establezca en Bogotá pasa por el hecho físico de contar con buena infraestructura en telecomunicaciones; si esa multinacional se establece, traerá consigo el desarrollo. Pero de otra parte, la conectividad para los sectores más excluidos se libera del componente tecnológico como tal y apunta más a lo que se genera a su alrededor. En el ejemplo de las UIB ya se ha profundizado bastante sobre el particular. El hecho de que la red se haya desarrollado primero como un servicio en los estratos más bajos y en las periferias, sin la parafernalia comercial de la oferta actual, implica que su apropiación y uso sí es posible en los sectores tradicionalmente excluidos de la ciudad. En este sentido, la red demuestra su carácter horizontal y de amplia cobertura, estableciéndose como herramienta significativa para divulgar otra visión de ciudad distinta a la de los planificadores. Es posible entonces hablar de otro tipo de espacio público, en este caso virtual y diferente al físico, donde también ocurren confrontaciones sobre el futuro de la ciudad. La dificultad de su descripción y aprehensión radica en el desconocimiento de una lógica de organización comunitaria en la red. Por eso el urbanismo debe conocer también sobre estas nuevas formas organizativas, que son las transformaciones más evidentes hasta el momento en la ciudad. La visión reduccionista del urbanismo empleado en la ciudad canónica probablemente no perciba estos cambios, por eso el llamado de Ezquiaga a la interactividad del planificador cobra nuevamente importancia. Finalmente, dentro del campo cultural se plantea el problema de si existe o no una segregación generada por las TICs. Revisando el Plano No. 10 es evidente que existe una relación inversa entre usuarios de Internet y densidad poblacional, dejando con muy pocas posibilidades de conexión a las periferias que se caracterizan por su alta concentración de habitantes. Esta situación refuerza la idea de que la promoción de centros de acceso público (Plan Compartel; Agenda de Conectividad: Proyecto REDP) se hacen urgentes siempre y cuando se conciban no solo como planes de infraestructura sino como proyectos educativos integrales. En términos generales, sí existe un empleo interesante de la red por parte de los ciudadanos. Quizás quienes están más a la vanguardia son las instituciones económicas y financieras que buscan reactivar sus negocios con base en la conexión global que proporciona la red, superando de esta forma los límites de la ciudad y del país. En este sentido, el concepto de continuidad espacial parece irrelevante, pues si se le compara con la ambición de integración entre Bogotá y su zona metropolitana, es muy probable que la capital esté más cerca ahora de otras ciudades que de sus municipios cercanos. Sin embargo, esto no hace más que confirmar la paradoja entre lo global y lo local. Pero desde el otro extremo, en Bogotá tampoco se puede hablar de una ciudad compuesta únicamente por imágenes virtuales o simulacros. Este tipo de imágenes están ahí, pero mezcladas con las imágenes físicas, tan de moda últimamente, las cuales a su vez están ligadas al proyecto físico de intervención en la ciudad. En la actualidad, la ciudad parece estar saldando una serie de compromisos de décadas anteriores, relacionados principalmente con el establecimiento de condiciones físicas mínimas para vivir. Pero también se están sentando las bases para relaciones menos físicas con la ciudad y la administración. Esto no solo porque existan planes o agendas a futuro que involucren el tema de las TICs, sino porque las generaciones que vienen están realmente atravesadas por el componente tecnológico interactivo, es decir, algo que va más allá de la simple relación con la televisión o el cine. Finalmente, la utopía tecnológica de la reconexión de fragmentos o territorios dentro de una misma ciudad sí parece estar presentándose. Las experiencias sociales de las UIB confirman que las zonas periféricas, y tradicionalmente excluidas, tienen una posibilidad de "conectar" con la ciudad y con lo global vía red. Esto reafirma la importancia del seguimiento a la ejecución del Plan Compartel, e incentiva a un cambio cultural en cuanto a la generación de contenidos locales para ser colocados en la red cuando el plan suministre su infraestructura. Aportes a la Investigación Urbana de ColombiaGran parte del tiempo de esta investigación se invirtió en diseñar un marco teórico que evitara al máximo el iluminismo tecnológico que se les endilga a las TICs. El aterrizaje de conceptos nacidos en los países desarrollados y su interpretación desde la realidad de un país en desarrollo constituye un aporte interesante proporcionado por esta investigación. La investigación logra demostrar, incluso cuantitativamente, que la penetración de Internet en Bogotá es muy baja con respecto a otras ciudades de América Latina y el mundo, a pesar de que Bogotá es la ciudad de Colombia con más perfil para ser afectada por las TICs. En estos términos es difícil pensar en proyectos inmobiliarios de gran envergadura, atraídos por el gancho de las TICs (construcción de telecentros de corte mundial, grandes cabinas de información pública, etc.), que generen transformaciones significativas sobre la ciudad construida como lo propone Stephen Graham, e incluso que redunden sobre una especulación de los precios del suelo. A excepción de una operación como la llevada a cabo con el Centro Tecnológico de Maloka, la cual implicó grandes esfuerzos financieros y de concertación, no se percibe una iniciativa para consolidar proyectos urbanos en relación con la ciencia y la tecnología. En este mismo sentido, el fracaso de la idea de Tecnópoli en su ambición por llegar a ser una pieza urbana adicional del POT ratifica la ausencia de una voluntad para relacionar proyecto inmobiliario con el tema de ciencia y tecnología. La propuesta de trabajo a futuro para el urbanismo parece centrarse más en la atención al cambio cultural que implican las TICs. Claro que no debe dejarse de lado la intención de crear infraestructura que trae consigo el Plan Compartel. Por lo menos en Bogotá y en Colombia, no es muy claro todavía cómo el urbanismo pueda involucrarse de lleno con las TICs, pero las discusiones y los puntos aquí esbozados marcan pautas interesantes a seguir. |
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Para mayores informes sobre esta investigación, por favor póngase en contacto con el autor en la dirección de correo electrónico cmnupia@colciencias.gov.co |
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